Dios embotellado

“Cuando terminé de crear el mundo, guardé mis pinzas de modelismo en el bolsillo y subí a la cubierta del barco para descansar. Desde dentro de la botella se veía todo perfecto y ordenado. Era el séptimo día”.

barco botella

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Crisis

Todos los días, para desayunar, me trago  una chincheta con un vaso de agua. Así aprecio más las salchichas que tengo esperándome en casa  para comer.

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Uno y dos

Me apetece poner esto. Es un cuento que escribí hace un tiempo. Quedé finalista de un concurso con él. A ver si os gusta.

Uno y dos

Yo llegué el uno de julio y ella llegó el dos. Barcelona estaba muy bonita, aunque  de día sólo veíamos las Ramblas. El sol se filtraba entre las hojas de los plataneros como en el cuadro más famoso de Renoir. Yo era camarero de terraza. Ella, escultura urbana.

   Empecé a mirarla el uno de julio. Ella empezó a mirarme el dos. Cuando le echaban alguna moneda cambiaba de posición y, al tercer cambio, se me quedaba mirando a mí. Me di cuenta y traté de disimular. Fue inútil.

Le hablé por primera vez el uno de agosto y ella me contestó el dos. “¿De dónde eres?” Le dije, pero no quiso romper su silencio porque, como me explicó después, es parte de su profesionalidad. Al día siguiente, cuando se bajó de su pedestal, vino hasta donde estaba y me dijo con toda la inocencia del mundo: -Soy de Ciudad Real ¿Por qué quieres saberlo?

   Nos esperábamos al terminar la jornada laboral y  paseábamos juntos. Nos gustaba caminar despacio por las calles antiguas del barrio gótico hablando sobre las incidencias del día. “Un extranjero me echó un billete grande y me quedé muy quieta, pero del susto”, decía ella. “Le he tirado por encima medio plato de fabada a un alemán”, decía yo.

   Le cogí la mano el uno de septiembre. Nos besamos el dos. Desde entonces me acostumbré a limpiarme los labios, llenos siempre de purpurina,  en el espejo del ascensor al volver a casa. Pero era inútil, su color plateado me impregnaba por completo.

   Empezaba el curso y el periodo de matriculación en la universidad, pero seguíamos allí, ella en su pedestal, yo en mi terraza. En su compañía, el sentimiento del deber se diluía por completo. Me invitó al museo de cera y yo la llevé a Santa María del Mar y al “Bosque de las Hadas”.

   Un día apareció vestida como las personas normales. Llevaba un pantalón ancho, una camiseta naranja y el pelo recogido en una coleta. Tenía el gesto triste y culpable. No era la escultura humana de la que me había enamorado, aunque estaba muy guapa.

   Se marchó el uno de octubre. Yo me fui el dos.

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Hemorragia

Mientras escribía en la computadora, noté un frío repentino dentro de mi nariz. Un chorrito de sangre cayó al suelo. Creí que la hemorragia terminaría sola. No fue así. Pensé en ponerme un algodón, pero cuando me iba a levantar, noté como la sangre empezaba a moverse por el suelo de mi habitación. El pequeño hilo rojo salió de mi cuarto y ganó el pasillo. Avanzó y pasó por debajo de la puerta. Descendió los escalones de la escalera y, cuando el portero le abrió, salió por la puerta a la calle. Una vez al aire libre, mi pequeño reguero de sangre subió por la avenida hacia el centro de la ciudad. Miles de millones de plaquetas mías avanzaban a la vez que el bus urbano. Mi sangre tomó una calle poco transitada y, sin dudar un instante, entró en un local de paredes blancas, un bar con poca concurrencia. Dentro había un muchacho escribiendo en una servilleta de papel con un gesto de preocupación. La sangre avanzó hacia él, después de pedir un zumo de tomate al camarero. El pequeño río rojo subió enroscándose por la pata de la silla, se encaramó en la rodilla del chico y, después, se dirigió hacia la nariz. Y empezó a entrar y a entrar. Cuando toda la sangre estuvo dentro, me di cuenta de que ese tipo era también yo.


Montanbai

Iba subiendo la cuesta del Gorrindo con el hipopótamo cuando vi a esos dos hijoputas. Estaban sentados en el bordillo de su casa jalándose un polo de limón de los que traen a las piscinas. Yo iba echando el alma porque venía desde Malón. Eran las cuatro de la tarde e iba flipado porque, por esos días, echaban el tour y yo me crecía y salía a competir a las mismas horas que los ciclistas.
Lo que no me gustó fue que se rieran de mi hipopótamo. Era una Torrot que había pertenecido a mi primo. Mi hermano la había pintado de rojo y le había puesto un sillín nuevo que compró en Tarazona. Después llegué yo y le clavé unas pinzas de changurro a modo de cuernos en el guardabarros de la rueda de adelante. Quedaba de cojón. Pero a ellos no les gustó.
Por eso hubo palos a la semana siguiente cuando se enteraron de que habíamos sido el Juanjito y yo los que les pinchamos las ruedas de sus montanbai.


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